El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor. Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo –como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso. Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón. El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.
Lo recomiendo porque vivimos en el mundo de la imagen, de la apariencia; porque vivimos dependiendo de lo que la sociedad quiere ver, y nos olvidamos de ser nosotros mismos, de mostrar con actitud lo que nos hace diferentes, únicos, bellos. Bellos de la belleza que no es efímera, que perdura, de la belleza superior, la belleza del conocimiento, del amor, de la sensibilidad. A tal punto que somos capaces, perdón, no me voy a hacer cargo, que son, capaces de perder la vida, literal o figuradamente, a cambio de responder a los parámetros en vigencia. Seamos vivos, tenemos la belleza de ser irrepetibles. No la opaquemos con frivolidades.
A propósito, leer este cuentito me inspiró a esbozar algo también, y quisiera compartirlo con los lectores de este espacio:
YO
La mina era el ombligo del mundo.
Su rúbrica era un exagerado rulo que subía y bajaba y finalmente terminaba en un gancho que envolvía a todos y los atraía hacia ella misma, que era el centro de todo.
Sus espejos no eran retrovisores, eran introvisores. No veía quién venía, se veía a sí misma.
El camión la levantó por el aire. Pero qué bien le asentaba el rojo en los carnosos labios.
Carolina Astegiano
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